Considerar todo cuanto nos sucede como accidentes o episodios de una novela, a la que asistimos no con la atención sino con la vida. Sólo con esa actitud podremos vencer la malicia de los días y los caprichos de los acontecimientos.
F. Pessoa. Libro del Desasosiego.
Enrique Vila-Matas (Barcelona, 31 de marzo de 1948) decidió –quiero creer que antes de haber nacido- convertirse en el lugar donde la relación se produce, es decir, un sí mismo para el resto pero jamás para él. Ser la linde definitiva entre la palabra y aquello que no se puede pensar. He ahí el principio fundamental y diferenciador que ha hecho de este autor, siempre apartado, la Voz por antonomasia. Ya parecía haberlo definido Valéry cuando afirmaba –con plural en su caso- que […] siente la necesidad de lo que comúnmente no sirve para nada y percibe una especie de rigor en ciertas combinaciones de palabras completamente arbitrarias para otros ojos. […] No se deja con facilidad enseñar a amar lo que no ama, ni a no amar lo que ama: algo que fue, antes y ahora, el esfuerzo principal de la crítica –desde ahora, porteras de chaqueta y con estudios-.
La vida de un funambulista convencido nunca es sencilla. Por todos es sabido que abrazar disparidades, a más que se comulgue con las mismas –ya sean miles o, simplemente dos, cara a cara- no siempre resulta del todo ventajoso. Los ensayos en el aire… ¿traen de vuelta a un hombre loco? Tal vez. No. Bueno, sí… ¿No son todas respuestas acertadas?
Quizás, desde el comienzo, Enrique pretendiese solamente convertirse en aquel ejemplar de geometría que Duchamp mandó, como regalo de bodas, a su hermana con el único objetivo de que el viento pudiera hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas. [Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano, la naturaleza].
Casi todo en la vida,es cuestión del punto de enclave que decidamos tomar ¿no? ¿Es quizás la desolación una de las premisas fundamentales para entender a este creador? Una desolación cuyo refugio no es la luz –como en la mayoría de casos- sino que opta por el hábito vital de no creer en nada. Método a partir del cual acierto entender un estado que, de manera excelente, ya describiese Pessoa al afirmar que en el fondo, lo que sucede es que hago de los otros mi sueño, doblegándome a sus opiniones para así, esparciéndolas por mi raciocinio y por mi intuición, hacerlas mías y (yo, al no tener opinión, puedo tener las opiniones de ellos como puedo tener otras cualquiera) para doblegarlas a mi gusto y hacer de sus personalidades cosas emparentadas con mis sueños.
La excentricidad, sí. Esa periferia a la que tantos teóricos ya se han referido al hablar de su obra y su persona, no existe por contraposición a sus contemporáneos realistas sino que se da en él per se. ¿Acaso es imprescindible tener que ser frente a algo? Los centros no se buscan emparentando o divorciando semejantes sino que, simplemente, caminan de la mano de cada cual. Esos murmullos de súbita desolación a los que se refería Pitol no son, sino, bisbiseos vilamatianos. Nada más. […]Lo bueno de no entender nada es que uno puede entender esa nada como quiera […].
Si escribir es resolver una nebulosa interna, que diría Valéry, nada más aconsejable que la evitación del centro para poder observar desde más arriba –o desde más abajo, o de manera lateral-. Con todo, existe la evitación voluntaria y, de la mano, se encuentra la evitación impuesta por la historia. No una historia de conjunto, no, sino aquella que conforma la esencia última de cada cual. ¿En qué momento dejó Enrique de identificarse con la comedia del mundo y con su propio teatro de iguales? […]Quiero esconderme de todo y de todos, no tener que aparecer más en público, no tener que vivir en medio de las desesperadas intrigas del mundo literario. Quiero la vida de todos esos escritores que admiro porque han logrado seguir escribiendo y existiendo sin ser molestados […]. Las esperanzas frustradas, generalmente, van conformando un carácter que huye de una cara al descubierto para andar tapándola con antifaces a fin de parecer que no se es nadie más allá del maquillaje. […] ¡Cómo la conciencia de no tener un hogar en ningún sitio había logrado paralizarlo y asfixiarlo interiormente! […]
Esa imposibilidad de poder dar cuenta del mundo de manera “total”, a la que ya se refiriese Nietzsche o Musil o el mismo Ayala, ¿no es, sino, la imposibilidad de dar cuenta de uno? Enrique acude, en su obra, al disfraz de lo imposible en el intento de desprenderse de ciertas visiones –heredadas- para intentar acceder a sus propias verdades. Pero, ¿cuáles son esas certezas en medio de tanto simulacro? Kafka, Pessoa, Duchamp, Walser, Valéry, Julien Gracq, Magris, Musil… ¿paradigmas del deseo de ser algo, de re-conocerse a pesar de lo aprendido y a pesar de ciertos tiempos de mentira desatada o, quizás, una simple muestra de las ganas de desaparecer diluido en un mar de letras, ajenas todas? ¿Por qué tanto ocultamiento? A este respecto, Gombrowicz se refería en el prólogo de Ferdydurke a dos tipos concretos de inmadurez: la inherente al ser humano y, por tanto, sana; y aquella otra ficticia, forjada por el temor a crearse a uno mismo, a convertirse en persona mientras el caudal interior aflora y choca contra la realidad. Es un hecho, decía, que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que está ya maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? […] ni la ciencia, ni el arte, ni ningún otro medio de expresión cultural, permite al hombre manifestar por vía directa su propia realidad inmadura, condenada al eterno mutismo. Mas por otra parte, si todos vamos a seguir con esa mascarada obligatoria e inevitable, la cultura irá convirtiéndose en un juego cada vez más mecánico y fragmentario, y por fin perdería todo contacto con nosotros mismos. Para Gombrowicz, el arte es ante todo cuestión de amor… y, en esta tesitura… ¿de qué está enamorado Enrique? ¿Dónde vierte su energía? Quedarse en el continente de su obra nunca sería bastante. Sobra teoría y falta profundizar en un contenido que se repite de manera incansable, casi desde el momento primero: la sobreactuación fingida que, al ser tal, no es sino la sombra ecuánime de su propia realidad. Soy la sombra y soy el cuerpo que la inyecta en este estúpido escenario en el que, cada cual, decidió hace mucho colocarse sus disfraces y hacer como si aquí abajo todo consistiese, simplemente en eso, elegir, en cada momento, los artificios menos pesados con el último propósito de seguir siendo un sin nombre. Porque, como ya afirmase Blanchot, sin duda, escribir es renunciar a tomarse de la mano o a llamarse por nombres propios, y a la vez, no es renunciar sino anunciar lo ausente acogiéndolo sin reconocerlo -o bien, mediante las palabras en sus ausencias, estar relacionado con lo no recordable, testigo de lo no probado, respondiendo no sólo al vacío en el sujeto, sino al sujeto como vacío, su desaparición en la inminencia de una muerte que ya tuvo lugar fuera de todo lugar.
[...]
1 comentarios:
Un año de estos tendría que volver a EVM...
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